Devant la faim des hommes la responsabilité ne se mesure qu’« objectivement ». Elle est irrécusable.   E. Levinas, Totalité et Infini

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mchoilogo.gifEspagnol|Textos - La responsabilidad para con el otro

Diálogo con Levinas : Etíca y infinito (§ 8)

Philippe Nemo—En su último gran libro publicado, De otro modo que ser o más allá de la esencia, usted había de la responsabilidad moral. Husserl ya había hablado de la responsabilidad, pero de una responsabilidad para con la verdad; Heidegger había hablado de la autenticidad. ¿Qué entiende usted mismo por responsabilidad?

Emmanuel Lévinas—En ese libro hablado de la responsabilidad como de la estructura esencial, primera, fundamental, de la subjetividad. Puesto que es en términos éticos como describo la subjetividad. La ética, aquí, no viene a modo de suplemento de una base existencial previa; es en la ética, entendida como responsabilidad, donde se anuda el nudo mismo de lo subjetivo.

Entiendo la responsabilidad como responsabilidad para con el otro, así, pues, como responsabilidad para con lo que no es asunto mío o que incluso no me concierne; o que precisamente me concierne, es abordado por mi, como rostro.

Ph. N.—¿Cómo es que, habiendo descubierto al otro en su rostro, lo descubrimos como aquél con respecto a quien somos responsables?

E. L.—Describiendo positivamente el rostro, y no sólo de modo negativo. Recuerda usted lo que decíamos: el abordaje del rostro no es del orden de la percepción pura y simple, de la intencionalidad que va hacia la adecuación. Positivamente, diremos que, desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago. Habitualmente, uno es responsable de lo que uno mismo hace. Digo, en De otro modo que ser, que la responsabilidad es inicialmente un para el otro. Esto quiere decir que soy responsable de su misma responsabilidad.

Ph. N.—¿En qué esta responsabilidad para con el otro define la estructura de la subjetividad?

E. L.—La responsabilidad, en efecto, no es un simple atributo de la subjetividad, como si ésta existiese ya en ella misma, antes de la relación ética. La subjetividad no es un para sí; es, una vez más, inicialmente para otro. La proximidad del otro es presentada en el libro como el hecho de que el otro no es próximo a mí simplemente en el espacio, o allegado como un pariente, sino que se aproxima esencialmente a mí en tanto yo me siento —en tanto yo soy—responsable de él[59]. Es una estructura que en nada se asemeja a la relación intencional que nos liga, en el conocimiento, al objeto—no importa de qué objeto se trate, aunque sea un objeto humano—. La proximidad no remite a esta intencionalidad, en particular, no remite al hecho de que el otro me sea conocido.

Ph. N.—Yo puedo conocer a alguien a la perfección, pero ¿jamás será este conocimiento, por él mismo, una proximidad?

E. L.—No. E1 lazo con el otro no se anuda más que como responsabilidad, y lo de menos es que ésta sea aceptada o rechazada, que se sepa o no cómo asumirla, que se pueda o no hacer algo concreto por el otro. Decir: heme aquí. Hacer algo por otro. Dar. Ser espíritu humano es eso. La encarnación de la subjetividad humana garantiza su espiritualidad (no veo lo que los ángeles podrían darse o cómo podrían ayudarse entre sí)[60]. Dia-conía antes de todo diálogo; analizo la relación interhumana como si, en la proximidad del otro —más allá de la imagen que del otro hombre me hago ., su rostro, lo expresivo en el otro (y todo el cuerpo es, en este sentido, más o menos, rostro), fuera lo que me ordena servirle. Empleo esta fórmula extrema. E1 rostro me pide y me ordena. Su significación es una orden significada. Matizo que si el rostro significa una orden dirigida a mí, no es de la manera en que un signo cualquiera significa su significado; esa orden es la significancia misma del rostro[61].

Ph. N.—Usted dice a la vez «me pide» y «me ordena». ¿No hay ahí una contradicción?

E. L.—Me pide como se pide algo que se ordena, como cuando se dice: «¡se os ruega que...!»

Ph. N.—¿Pero el otro no es también responsable con respecto a mí?

E. L.—Puede ser, pero esto es asunto suyo. Uno de los temas fundamentales de Totalidad e Infinito, del que aún no hemos hablado, es que la relación intersubjetiva es una relación asimétrica. En este sentido, yo soy responsable del otro sin esperar la recíproca, aunque ello me cueste la vida. La recíproca es asunto suyo. Precisamente, en la medida en que entre el otro y yo la relación no es recíproca, yo soy sujeción al otro; y soy «sujeto» esencialmente en este sentido. Soy yo quien soporta todo[62]. Conoce usted esta frase de Dostoievski: «Todos nosotros somos culpables de todo y de todos ante todos, y yo más que los otros»[63]. No a causa de esta o de aquella culpabilidad efectivamente mía, a causa de faltas que yo hubiera cometido, sino porque soy responsable de/con una responsabilidad total[64], que responde de todos los otros y de todo en los otros, incluida su responsabilidad. E1 yo tiene siempre una responsabilidad de más que los otros.

Ph. N.—¿Es decir que si los otros no hacen lo que tienen que hacer es por mi causa?

E. L.—En algún lugar he llegado hasta decir—son palabras que no me gusta mucho citar, dado que deben ser completadas por otras consideraciones— que soy responsable de las persecuciones que yo sufro. ¡Pero sólo yo! Mis «allegados» o «mi pueblo» son ya los otros, y, para ellos, reclamo justicia.

Ph. N.—¡Hasta ese extremo llega usted!

E. L.—Ya que soy responsable incluso de la responsabilidad del otro. Son fórmulas extremas que no hay que sacar de su contexto. Yendo a lo concreto, muchas otras consideraciones intervienen y exigen la justicia incluso para mí. Las leyes descartan ciertas consecuencias de modo práctico. Pero la justicia tan sólo tiene sentido si conserva el espíritu del des-inter-és que anima la idea de la responsabilidad para con el otro hombre. En principio, el yo no se arranca de su «primera persona»; él sostiene al mundo[65]. La subjetividad, al constituirse en el seno del movimiento mismo en el que a ella le incumbe ser responsable del otro, va hasta la sustitución del otro. Asume la condición—o la incondición—de rehén. La subjetividad como tal es inicialmente rehén; responder hasta expiar por los otros.

Uno puede mostrarse escandalizado por esa concepción utópica y, para un yo, inhumana. Pero la humanidad de lo humano —la verdadera vida— está ausente. La humanidad dentro del ser histórico y objetivo, la brecha misma de lo subjetivo, del psiquismo humano, en su original vigilancia o deshechizamiento, es el ser que se deshace de su condición de ser: el des-inter-és[66]. Eso es lo que quiere decir el título del libro: «de otro modo que ser». La condición ontológica se deshace, o es deshecha, en la condición o la incondición humana. Ser humano significa: vivir como si no se fuera un ser entre los seres. Como si, por la espiritualidad humana, se voltearan las categorías del ser en un «de otro modo que ser». No sólo en un «ser de otro modo»; ser de otro modo es aún ser. Lo «de otro modo que ser», en verdad, no tiene un verbo que designaría el acontecimiento de su inquietud, de su des-inter-és, de la puesta-en-cuestión de este ser —o de este essemiento— del ente.

Soy yo quien soporta al otro, quien es responsable de él. Así, se ve que en el sujeto humano, al mismo tiempo que una sujeción total, se manifiesta mi primogenitura. Mi responsabilidad es intransferible, nadie podría reemplazarme[67]. De hecho, se trata de decir la identidad misma del yo humano a partir de la responsabilidad, es decir, a partir de esa posición o de esa deposición del yo soberano en la conciencia de sí, deposición que, precisamente, es su responsabilidad para con el otro. La responsabilidad es lo que, de manera exclusiva, me incumbe y que, humanamente, no puedo rechazar. Esa carga es una suprema dignidad del único. Yo no intercambiable, soy yo en la sola medida en que soy responsable. Yo puedo sustituir a todos, pero nadie puede sustituirme a mí. Tal es mi identidad inalienable de sujeto. En ese sentido preciso es en el que Dostoievski dice: «Todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que todos los otros»[68].



[59] «En la conciencia de sí ya no hay presencia del yo a sí mismo, sino senescencia. Es en tanto senescencia más allá de la recuperación a través de la memoria como el tiempo —tiempo perdido y sin retorno— es diacronía y me concierne. Esta diacronía del tiempo (...) es disyunción de la identidad en la cual lo mismo no alcanza a lo mismo; es no-síntesis, laxitud. El para sí de la identidad ya no es para sí. La identidad de lo mismo en el 'yo' le viene de fuera a su pesar, como una elección o como la inspiración 21 modo de la unicidad de lo asignado. El sujeto es para el otro, su ser desaparece para el otro, su ser muere en significación. En el envejecimiento, la subjetividad es única, irreemplazable, yo y no otro, pero lo es a su pesar dentro de una obediencia sin deserción, en la cual la rebelión va cociendo a fuego lento. Características que se excluyen y que se resuelven en responsabilidad para con el otro más primitiva que cualquier compromiso». (DoMS, p. 106). (N. del T.).

[60] «El retorno del Yo en Sí mismo, la de‑posición o la destitución del Yo es la modalidad propia del des‑interés a modo de vida corporal volcada a la expresión y al dar, pero volcada y no volcándose; es un sí mismo a su pesar en la encarnación como posibilidad propia de la ofrenda, del sufrimiento y el traumatismo». (DoMS, p. 104). Contrastar éste con otro texto anterior puede darnos la medida de lo que entraña decir que la humanidad significa un resquebrajamiento ético de la ontología y una superación de la libertad por la responsabilidad: «[La materialidad] acompaña —necesariamente— al surgimiento del sujeto, en su libertad de existente. Comprender así el cuerpo a partir de la materialidad —acontecimiento concreto de la relación entre Yo y Sí mismo—es remitirlo a un acontecimiento ontológico. Las relaciones ontológicas no son lazos desencarnados. La relación entre Yo y Sí mismo no es una inofensiva reflexión del espíritu sobre él mismo. Es toda la materialidad del hombre». (TA, pp. 37-38) (N. del T.).

[61] Significancia, esto es, apertura, donación, inicio inapropiable o irrecuperable (an-árquico), de todo sentido. (N. del T.).

[62] «El sujeto que decimos encarnado no resulta de una materialización, de una entrada dentro del espacio y las relaciones de contacto y de dinero que habría realizado una conciencia; esto es, una conciencia de sí, provista contra todo ataque y previamente no espacial. Porque la subjetividad es sensibilidad—exposición a los otros, vulnerabilidad y responsabilidad en la proximidad de los otros, uno-para-el-otro, esto es, significación—y porque la materia es el lugar propio del para-el-otro, el modo como la significación significa antes de mostrarse como Dicho dentro del sistema del sincronismo, dentro del sistema lingüístico, es por lo que el sujeto es de carne y sangre, hombre que tiene hambre y que come, entrañas en una piel y, por ello, susceptible de dar el pan de su boca o de dar su piel». (DoMS, p. 136). (N. del T.).

[63] Les frères Karamazov, La Pléiade, p. 310.

[64] Dice el original francés: «je suis responsable d'une responsabilité totale». Creemos que la preposición 'de' encierra los dos sentidos vertidos con 'de/con', como la continuación parece confirmar (N. del T.) .

[65] «El Yo es el punto que soporta la gravedad del mundo, lo que en el ser deshace la obra de ser, imperturbable y sin exención Ser aculado contra sí, él es el no-ser del ser. No la nada, puesto que ese deshacer es ambiguo o 'mixto' o más allá del ser.

No es porque entre los seres exista un ser pensante estructurado como Yo, persiguiendo unos fines, por lo que el ser adquiere una significación y se convierte en mundo; es porque en la proximidad del ser se inscribe la huella de una ausencia —o del Infinito— por lo que hay abandono, gravedad, responsabilidad, obsesión y Yo. El no-intercambiable por excelencia —el yo— es, en un mundo sin juego, lo que, en un sacrificio permanente, substituye a los otros y trasciende el mundo. Pero es la fuente del hablar, pues es la esencia de la comunicación.

No es que el Yo sea sólo un ser dotado de ciertas cualidades llamadas morales que lleva como atributos. La 'egoidad' del yo, su unicidad ex-cepcional y extraña, es ese acontecimiento incesante de substitución, el hecho para un ser de vaciarse de su ser, de no-ser El acontecimiento ético de la 'expiación por otro' es la situación concreta designada por el verbo no-ser. Por la condición de rehén es por la que puede haber en el mundo piedad, compasión, perdón y proximidad (incluso lo poco que de ello hay). Todas las 'transferencias de sentimiento' por las que los teóricos de la guerra original explican el nacimiento de la generosidad, no llegarían a fijares en el Yo, si éste no fuese con todo su ser (o con todo su no-ser) rehén. No es seguro que la guerra fuese al comienzo. Antes que la guerra eran los altares». (EDE, p. 233-234) (N. del T.).

[66] (...) lo que llamo la brecha del ser por medio de lo humano (...), brecha que sería lo bíblico». (Entretien avec Emmanuel Lévinas in Revue de métaphysique et de morale, 1985, n° 3, p. 307) (N. del T.).

[67] «El 'descubrimiento' del otro —no ya como dato precisamente, ¡sino como rostro! subvierte la aproximación trascendental del yo, pero conserva el primado egológico de ese yo que permanece único y elegido en su responsabilidad irrecusable», p. 309). (N. del T.).

[68] «¡Votos piadosos —se dirá— y palabras generosas! Sé que ya no se puede creer en las palabras, pues no se puede ya hablar en este mundo atormentado. No se puede hablar más porque nadie puede comenzar su discurso sin dar testimonio enseguida de algo totalmente distinto de lo que dice. Psicoanálisis y sociología acechan a los interlocutores. Denunciando la mistificación, uno da ya la impresión de mistificar de nuevo. Pero nosotros, judíos, musulmanes y cristianos —nosotros, monoteístas— estamos aquí para romper el encantamiento, para decir palabras que se arrancan al contexto que las deforma, para decir palabras que comienzan en quien las dice, para recuperar la palabra que corta, la palabra que desanuda, la palabra profética». (DL, p. 251-252) (N. del T.).


Date de création : 26/10/2005 - 20:43
Dernière modification : 26/10/2005 - 20:43
Catégorie : Espagnol|Textos
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