Faire entrer les clochards dans la maison. C'est le plus difficile, parce que les clochards salissent les tapis.   Emmanuel Levinas, L'asymétrie du visage

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mchoilogo.gifEspagnol|Textos - Fundamentar los derechos humanos

Emmanuel Lévinas (1905-1995)

Judío nacido en Lituania, Emmanuel Lévinas se encuentra entre los grandes pensadores del siglo vigésimo. Su pensamiento interpela tanto a los filósofos como a los teólogos. Su experiencia de la vida se arraiga, por una parte, en la conciencia de un pueblo que ha padecido las barbaries nazis y se manifiesta, por otra parte, dentro del pensamiento francés, sin despreciar por eso la fenomenología alemana.

Introducción

En su visita al O.N.U., en 1965, Pablo VI había pedido que cada uno tenga conciencia de su responsabilidad y se comprometa a trabajar para el destino de todos los pueblos y de toda la humanidad: « ¡nunca más los unos contra los otros, nunca, nunca más! ».[1] El pápa entonces se refería a las guerras mundiales y al genocidio judío. Hoy, ¿qué queda de éste grito? ¿Cuántas veces los derechos humanos no han sido violado? Basta mirar los últimos acontecimientos, para comprender que los hombres necesitan todavía de normas y reglas para limitar la violencia ciega de los fundamentalistas y nacionalistas.

En este sentido, Emmanuel Lévinas nos ayuda a fundamentar los derechos humanos a partir de la experiencia limite del sufrimiento y de la barbaridad de los pueblos. Filósofo, Levinas propone una concepción de la alteridad que se base sobre la epifanía del rostro del otro y llama a la responsabilidad de cada uno. El Otro, o sea « ser-para-el-otro » o sea « imajen y semejanza » es la fuente de toda alteridad y garantiza una fundamentación de los derechos humanos.

¿Paso obligado?

Desde la Revolución francesa, la libertad conduce al pueblo y su conciencia (Cf Eugenio Delacroix). Por tanto, a la hora de fundamentar los derechos humanos desde el pensamiento de Lévinas nos preguntamos si no corremos el riesgo de volver a una fundamentación bíblica. Pues no, más bien llevaría a despreciar, una vez más, el carácter trascendental del hombre, es decir su alteridad.

Fundamentar los derechos humanos obliga al investigador de tomar en cuenta, tanto la historia de cada y de todos seres humanos, que las grandezas y las limitaciones de las sociedades en las cuales estos nacen, se prolongan y mueren. De la misma manera que la libertad, la igualdad y la fraternidad han nacido a partir de una emancipación de la monarquía, así la reflexión europea sobre los derechos humanos no puede desdeñar los conflictos armados que han sucedido los años pasados y que siguen todavía vivos en varios lugares de este continente.

Testigo a su manera de ésta época, Lévinas ha logrado a sobre vivir quizá con la muerte en su alma, pero no de su conciencia. Su filosofía tiene nada que ver con tesis revisionistas y menos todavía con una apología del super-hombre. Es en este sentido que el pensamiento de Lévinas llega a ser un humanismo valable para acercarse de manera nueva a los derechos del hombre y de todos los hombres. ¿Se Debe por eso hablar de teodicea? Una cosa es cierta, antes de preguntarse cuando se puede hablar de Dios, Lévinas indica pautas para reconocer cuando no se respeta al Otro como Altísimo, al hombre y a la mujer, al apátrida, a la viuda y al huérfano como seres humanos que me mandan. En cierto sentido, sí, acercarse al ser humano es necesariamente encontrarse de un momento a otro en la huella del Otro.

Otro, una epifanía que revoluciona la existencia del Yo

En su libro Totalidad e Infinito (TI)[2], Lévinas invita a reconocer Otro (Autrui) como un ser humano en relación con el mundo y con otros seres humanos. La ética viene antes de la filosofía, como la responsabilidad a conocer y a acoger el rostro del Otro pasa antes de la toma de conciencia de consideraciones ontológicas. Otro es la brecha que se abre en el deseo de totalidad y de finitud. Otro es el misterio donde se juega el por-venir del Yo y donde lo invisible se hace presente como careo, es decir cara a cara: Lo absolutamente Otro, es el Otro (TI 63).

Para Lévinas, Otro me hace nacer a mi mismo cuando, como extranjero, poniendose en mi camino, me levanta de mi ser impersonal y me convoca a mi responsabilidad.[3] Esta puesta en duda del subjeto es el punto de nacimiento de la ética:

Un cuestionamiento del Mismo - que no puede hacerse en la espontaneidad egoíta del Mismo - se esfectúa por el Otro. A este cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del Otro, se llama ética. El extrañamiento del Otro - su irreductibilidad al Yo - a mis pensamientos y a mis posesiones, se lleva a cabo precisamente como un cuestionamiento de mi espontaneidad, como ética. La metafísica, la trascendencia, el recibimiento del Otro por el Mismo, del Otro por Mí, se produce concretamente como el cuestionamiento del Mismo por el Otro, es decir, como la ética que realiza la esencia crítica del saber. Y como la crítica precede el dogmatismo, la metafísica precede la ontología (TI 67).

De esta manera y gracias al lenguaje, el Otro pasa del estatuto de objeto a conocer al estatuto de rostro a acoger.[4] La revelación del Otro le hace participar de la universalidad. La presencia de su rostro, su expresión, su epifanía, conduce a la defensa de los derechos del Otro y expone la conciencia al sufrimiento. En adelante, el sujeto es un ser-para-el-otro y enconsecuencia también perfectamente desnudo.

El Otro, el libre es también el extranjero. La desnudez de su rostro se prolonga en la desnudez del cuerpo que siente frío y vergüenza de su desnudez  [...]. Esta mirada que suplica y exige - que sólo puede suplicar porque exige - privada de todo porque tiene derecho a todo y que se reconoce al dar (como se « cuestionan las cosas al dar »), esa mirada es precisamente la epifanía del rostro como rostro (TI 98).

El rostro, es el modo por el cual Otro se presenta y expone su « forma », la totalidad de su « contenido » (TI 75). El rostro no es solamente la imagen plástica del Otro, sino más bien todo lo invisible de su vida, la exterioridad de su interioridad, su trascendencia y su libertad. El rostro testimonia de la presencia del tercero, de toda la humanidad (TI 226).

Libertad, responsabilidad y justicia

En el momento que el subjeto toma conciencia del Otro nace la convicción que el Yo ya no puede escaparse más. La epifanía del rostro es por lo tanto como una puerta que da a la humanidad y que cuestiona la libertad del ser humano. Otro no lastima la libertad humana, sino despierta su responsabilidad. En esta manifestación de Otro, hay una justicia que cuestiona y acusa toda libertad arbitraria y que obliga el Yo a asumir su responsabilidad.[5] El Otro - absolutamente otro - me aborda desde lo alto (TI 188) y se impone como una exigencia que domina la libertad e indica el fin de mis poderes (TI 109). Otro, desde su miseria y su señorío, manda al Yo como un maestro (TI 95 y 226). En su trascendencia, Otro no violenta ni lastima la libertad del subjeto, sino la instaura a través de una enseñanza y un lenguaje. En esta relación de hombre a hombre, el existir del Otro enuncia su resistencia - la resistencia ética - y su imprevisibilidad : « no matarás » (TI 212).

La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro. Pero saber o ser consciente, es tener tiempo para evitar y prevenir el momento de inhumanidad. Este aplazamiento perpetuo de la hora de la traición - ínfima diferencia entre el hombre y el no-hombre - supone el desinterés de la bondad, el deseo de lo absolutamente Otro o la nobleza, la dimensión de la metafísica (TI 59).

Más allá del sufrimiento y del dolor

La prueba suprema de la libertad no es la muerte sino el sufrimiento (TI 252). En esta experiencia límite, Otro hace entrar el Yo en el invisible de una libertad interior y le somete a una justicia que juzga y no a un amor que excusa. En la desnudez de su rostro y en su mirada, Otro suplica y exige ser restablecido en sus derechos. Acercarse a Otro, es encontrarse necesariamente una vez cara a cara con él, cercano y ausente, en su huella.

El Otro no es la encarnación de Dios, sino que precisamente por su rostro, en el que está descarnado, la manifestación de la altura en la que Dios se revela (TI 102).

Acercarse al Otro es someterse al juicio del pobre, del extranjero, de la viuda y del huérfano y, a la vez, del señor llamado a investir y a justificar mi libertad (TI 262). La trascendencia no sucede fuera de este mundo, sino dentro de una fecundidad donde Otro es Yo y el Yo se experimenta como ser para el otro. Esta unidad es distancia porque mantiene la pluralidad del Mismo y del Otro.[6]

El rostro es, por sí mismo, visitación y trascendencia. Pero el rostro en su total apertura, puede ser, a la vez, por sí mismo, porque está en la huella de la illeidad [...]. Ser imagen de Dios, no significa ser el ícono de Dios, sino más bien encontrarse en su huella [...] Caminar hacia él, no es seguir esa huella que no es signo; caminar hacia él es ir hacia los Otros (Autres) que se sostienen en la huella de la illeidad. Por esta illeidad, situada más allá de los cálculos y reciprocidades de la economía y del mundo, es por la que el ser tiene un sentido. Sentido que no es una finalidad.[7]

La voluntad de fundar los derechos humanos

El rostro pone el ser humano en relación con el mundo y le situa en el campo de la ética. La trascendencia del Otro no es un concepto axiológico o metafísico. Es la acogida de una distancia y la aceptación de un saber limitado. Es la cercanía de una justicia hecho a los seres humanos y la libertad que se deja tocar por el sentimiento de vergüenza. Hablar de derechos humanos entonces, consiste a reconocer los derechos de hombres concretos, limitando siempre a la vez su voluntad libre y protegiendole de toda violencia. Los derechos humanos, son ante todo, derechos del otro hombre y constituyen una conyuntura en la que Dios adviene a la idea.Ser Yo en el mundo es siempre tener una responsabilidad de más que los otros. Y ser para-otro designa lo humano en los derechos que una sociedad se da. Los derechos humanos nacen en una historia y requieren tiempo y paciencia. En esta historia humana la apertura desinteresada al Otro trastorna verdaderamente al Yo y lo provoca al universal, es decir al deseo de vivir con y en medio de los otros.

Sin necesidad de aportar la célebre « prueba de la existencia de Dios », los derechos humanos constituyen una conyuntura en la que Dios adviene a la idea, en la que la noción de trascendencia deja de ser puramente negativa y en la que el « más allá » abusivo de nuestras conversaciones usuales se piensa positivamente a partir del rostro del otro [...]. Sin duda, en rigor filosófico, es importante no pensar los derechos humanos a partir de un Dios desconocido. Pero es posible aproximarse a la idea de Dios partiendo de lo absoluto que se manifiesta en la relación con los demás. [8]

Conclusión

Con Emmanuel Lévinas estamos en presencia de una concepción existencialista y humanista. Fortalecido por sus orígenes judía, este autor plantea de manera ineludible la cuestión del Otro, de su existencia, de su radical diferencia, de su autonomía y de su trascendencia. Por haber vivido tiempos de guerras, desea fuertemente hacer florecer la paz en los espíritus y en los corazones. Por haber seguido la orilla de una de las más grandes tragedias del siglo XX, Levinas hace el elogio de la vida del Otro, de su señoría. Es cierto, en tiempo de paz se puede siempre soñar a otros mundos, menos radicales y más liberales. Pero cuando se trata de la vida de un ser humano, y además de un inocente, la fundamentación de los derechos humanos no aguanta los discursos de cuartos. La vida del pobre y del inocente es entonces por excelencia la norma, la ley y el fundamento de cualquier actitud humana. Ella es juez en causa propia y tiene poder de derribar a los poderosos y enaltecer a los humildes.

G. Schaefer


[1] Cf Visita de S.S. Pablo VI a la O.N.U., en Documentación Católica 62 (1965) 1734.

[2] E. Lévinas, Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad, Sígueme, Salamanca, 1977.

[3] Cf M. Neusch, Emmanuel Lévinas. Responsabilité d’Otage: Nrt 116, 1994, 374-395 y 563-575.

[4] Cf S. Plourde, Débats inscrits à l’agenda de la réflexion éthique: Ethica 9, 1997, 163-178.

[5] « Les mouvements à l’égard des droits de l’homme procèdent de ce que j’appelle: la conscience que la justice n’est pas encore assez juste. C’est en pensant aux droits de l’homme dans les sociétés libérales que la distance entre la justice et la charité cherche sans cesse à se retrécir. Mouvements sans cesse réinventés et qui cependant ne peuvent jamais sortir de l’ordre des solutions et des formules générales. Cela ne comble jamais ce que la miséricorde, souci de l’individuel, peut seule donner. Cela reste, par-delà la justice et la loi, un appel aux individus dans leur singularité, que les citoyens confiants en la justice demeurent toujours [...]. La justice est éveillé par la charité: mais la charité qui est avant la justice est aussi après. » L. Crommelinck, Du souci pour l’être au souci pour l’autre. La pensée d’Emmanuel Lévinas: Lumen Vitae 47, 1992, 300-310.

[6] Cf G. Chico, Acceder al Otro. Emmanuel Lévinas. Filosofía tras la huella del infinito: Anámnesis 1, 1996, 130.

[7] E. Lévinas, Humanismo del Otro Hombre, Caparrós, Madrid 1993, 60.

[8] Cf E. Lévinas, Entre nosostros. Ensayos para pensar en otro, Pre-textos, Valencia, 1993, 243-246.

 


Date de création : 26/10/2005 - 20:38
Dernière modification : 26/10/2005 - 20:39
Catégorie : Espagnol|Textos
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